“Iba Jacinta tan pensativa, que la bulla de la calle de Toledo no la distrajo de la atención que a su propio interior prestaba. Los puestos a medio armar en toda la acera de los portales a San Isidro, las baratijas, las panderetas, la loza ordinaria, las puntillas, el cobre de Alcaraz y los veintemil cachivaches que aparecían dentro de aquellos nichos de mal clavadas tablas y de lienzos peor dispuestos, pasaban ante su vista sin determinar una apreciación exacta de lo que eran. Recibía tan sólo la imagen borrosa de los objetos diversos que iban pasando, y lo digo así porque era como si ella estuviese parada y la pintoresca vía se corriese delante de ella como un telón. En aquel telón había racimos de dátiles colgados de una precha; puntillas blancas que caían de un palo largo, en ondas, como los vástagos de una trepadora; pelmazos de higos pasados, en bloques; turrón en trozos como sillares que parecían acabados de traer de una cantera; aceitunas en barriles rezumados; una mujer puesta sobre una silla y delante de una jaula, mostrando dos pajarillos amaestrados; y luego, montones de oro, naranjas en seretas y hacinadas en el arroyo. El suelo, intransitable, ponía obstáculo sin fín; pilas de cántaros y vasijas ante los pies del gentío presuroso, y la vibración de adoquines al paso de los carros parecía hacer bailar a personas y cacharros. Hombres con sartas de pañuelos de diferentes colores se ponían delante del transeúnte como si fueran a capearlo. Mujeres chillonas taladraban el oído con pregones enfáticos acosando al público y poniéndole en la alternativa de comprar o morir. Jacinta veía las piezas de tela desenvueltas en ondas a lo largo de todas las paredes, percales azules, rojos y verdes, tendidos de puerta en puerta, y su mareada vista le exageraba las curvas de aquellas rúbricas de trapo. De ellas colgaban, prendidas con alfileres, toquillas de colores vivos y elementales que agradan a los salvajes. En algunos huecos brillaba el naranjado, que chilla como los ejes sin grasa; el bermellón nativo, que parece rasguñar los ojos; el carmín, que tiene la acidez del vinagre; el cobalto, que infunde ideas de envenenamiento; el verde de panza de lagarto, y ese amarillo tila que tiene un cierto aire de poesía mezclado con la tisis, como en la Traviatta. Las bocas de las tiendas, abiertas entre tanto colgajo, dejaban ver el interior de ellas tan abigarrado como la parte externa; los horteras, de bruces sobre el mostrador, o vareando telas, o charlando. Algunos braceaban, como si nadasen en un mar de pañuelos. El sentimiento pintoresco de aquellos tenderos se revela en todo. Si hay una columna en la tienda la revisten de corsés encarnados, negros y blancos, y con los refajos hacen graciosas combinaciones decorativas.”

Fortunata y Jacinta. Parte primera. Capítulo IX.

Este fragmento de Fortunata y Jacinta constituye la animada descripción de un mercado popular en el Madrid del siglo XIX.

En este pasaje, Jacinta, una de las protagonistas de la novela, baja por la calle Toledo sin prestar mucha atención al bullicioso jaleo que la rodea porque se encuentra sumida en profundas cavilaciones.

Jacinta va en busca de un supuesto hijo natural de su marido. En su casa nadie sabe de sus investigaciones y ella se dirige al lugar donde va a conocer a este niño al que desea adoptar. De ahí que los puestos del mercado y la gente que vocea no le interesen en absoluto.

Este mercado lo observamos a través de la mirada de Jacinta, una mirada que va desde la imprecisa percepción inicial de unas baratijas en unos puestos a medio armar y la delirante danza de formas y colores al final de la escena.

La primera cuestión que podemos plantearnos es el contraste existente entre la indiferencia del personaje hacia su entorno físico y la minuciosa descripción de los detalles precisos que vamos percibiendo.

Por lo tanto, descubrimos que al lado de Jacinta va un narrador objetivo que no solamente nos da una muy detallada descripción de las cosas y de la gente, sino que al mismo tiempo nos introduce en el estado de ánimo de Jacinta.

Ante los ojos distraídos de Jacinta que no ven, tenemos la primera enumeración de seis objetos del mercado: “las baratijas, las panderetas, la loza ordinaria, las puntillas, el cobre de Alcaraz, y los veinte mil cachivaches”. Todos estos objetos baratos nos dan la medida de la poca curiosidad que despiertan en Jacinta. Estos cacharros y baratijas están enmarcados por una breve descripción de los puestos donde se exhiben.

A continuación, el narrador nos describe que otras cosas había en este telón que circulaba en torno a ellos. Todos estos objetos constituyen la segunda enumeración, donde ya aparecen algunos detalles más concretos. Todos los nombres pertenecen al campo de lo comestible. Fijaros: “ racimos de dátiles colgados de una percha, puntillas blancas que caían de un palo largo; pelmazos de higos pasados en bloques; turrón en trozos como sillares; aceitunas en barriles rezumados”

El narrador destaca los volúmenes y las formas para señalar de qué manera bloques, racimos y barriles forman un conjunto de obstáculos que hacen de la calle un lugar difícil de transitar.

La imagen de las naranjas amontonadas nos supone un estallido de luz y color en todos estos elementos anteriores.

A partir de la mitad del texto nos percatamos de que el sonido y el movimiento del mercado crecen. Jacinta empieza a sentirse avasallada, casi agredida por todo lo que le rodea. Esta sensación nos aparece en tres elementos: “El suelo (….) intransitable, ponía obstáculos sin fin; (…) la vibración de los adoquines al paso de los carros parecía hacer bailar a personas y cacharros. Hombres con sartas de pañuelos (….) que se ponían delante del transeúnte como si fueran a capearlo. Mujeres chillonas taladraban el oído con pregones enfáticos acosando al público”.

Por lo tanto, la barahúnda del mercado se ha convertido en acoso.

El peligro para la integridad física que sienten los transeúntes queda muy bien reflejado en la disyuntiva con que se cierra el párrafo: “poniéndole (al público) en la alternativa de comprar o morir.

A partir de este momento, y a través de la sensibilidad de Jacinta, vemos como los puestos del mercado se transforman en muchos colores estridentes. Ahora el narrador nos cuenta como Jacinta se siente agredida en su intimidad ya que los colores se independizan de los objetos y adquieren un protagonismo absoluto.

Toda la escena es un conjunto desordenado de grandes manchas de color, que brillan como animales salvajes amenazadores. En estos momentos ya estamos sintiendo como Jacinta percibe el mundo exterior; los colores del mercado chillan, rasguñan los ojos, son ácidos como el vinagre e infunden raras ideas de enfermedad y envenenamiento.   El fragmento empezó con una visión confusa y distante de unos puestos de mercado a medio montar y termina haciéndonos sentir la presencia agresiva de la realidad de las cosas. El mercado se ha convertido en una selva donde las fieras campean y amenazan a los transeúntes.

Galdós no nos presenta el mercado tal cual es sino como lo percibe una mujer inquieta y angustiada. Esto nos ayuda a comprender todavía un poco más al personaje, a saber sobre su estado de ánimo.

Al final el narrador nos incluye una única observación objetiva del mercado: “El sentimiento pintoresco de aquellos tenderos se revela en todo. Si hay una columna en la tienda la revisten de corsés encarnados, negros y blancos, y con los refajos hacen graciosas combinaciones decorativas”.

Escrito por Oscar Cruellas

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