Kepler además de ser un minucioso observador era también un gran matemático y sobre todo un místico que creía en la magia de los números y en la armonía musical de las esferas. Así, la pasión obsesiva por la exactitud matemática se veía en él reforzada por su creencia en un universo perfecto, creado y regido por un Dios matemático. Pero a ello también le influyó decisivamente William Gilbert (1540-1603) con la publicación de De Magnete en 1600. En esta obra se entendía la Tierra como un gigantesco imán: la gravedad no sería sino una forma de atracción magnética. La destrucción de las esferas cristalinas urgía una explicación de por qué los planetas y estrellas no se dispersaban en los espacios infinitos. “Algo” debía mantenerlos en sus órbitas. Ahora, traspasando el magnetismo terrestre al Sol, ¿no sería esa fuerza la que explicaría el sistema? Kepler se estaba acercando de esta forma a la teoria de Newton. Sin embargo, su propia obsesión por la precisión matemática le impidió llegar a ese resultado, al observar ligeras variaciones en la órbita lunar.

“Abandono -escribió en una carta- las oscuridades de la física para refugiarme en las claridades de la matemática”.

Por supuesto, en estas claridades no tuvo rival. Su primera gran obra, el Mysterium cosmographicum (1956) nos muestra a Kepler entregado a especulaciones dignas de Platón. El problema fundamental sería: ¿cómo relacionar la distribución espacial de las órbitas con los movimientos de los elementos del sistema solar? La solución kepleriana sería la de relacionar las distintas órbitas con los cinco poliedros regulares: cubo, tetraedro, dodecaedro, icosaedro y octaedro, inscritos y circunscritos sucesivamente en esferas.

Pero Kepler es un realista; no se conformaba con fingir hipótesis, sino que deseaba confirmar empíricamente su geométrico sistema. Por ello se dirigió a Praga, a fin de trabajar con Tycho Brahe. Los datos con los que allí pudo trabajar le hicieron desechar su teoría, pero le abrieron el camino hacia su gran obra, la Astronomia Nova Aitiologetos seu Physica Coelestis de 1609.

Escrito por Oscar Cruellas

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