Unamuno nació en Bilbao en 1864, y fue un escritor destacado de la generación del 98. Unamuno vivió en la agonía de los problemas religiosos, es decir, de los problemas de la inmortalidad del alma y de la existencia de Dios, en el cual había un permanente conflicto entre lo que sentía el corazón y lo que le dictaba su cabeza. Sitúa como tema central de su filosofía su propia vida individual y personal y frente a las filosofías anteriores Unamuno no pretende construir un sistema sino que su objetivo es despertar inquietudes, provocar, contagiar a los demás su propia angustia existencial sobre el destino humano. ¿De dónde vengo?¿Adónde voy? No soportaba ver a las personas tranquilas respecto a estas cuestiones.

A veces parece que lucha contra Dios y otras parece que lo acepta fervorosamente, pero casi siempre se mantiene en una duda, sin lograr encontrar sentido definitivo a la vida, y en consecuencia, más que resolver problemas lo que hace es crearlos, mantenerlos vivos, permanecer inquieto en la paradoja y en la contradicción. El punto de partida de Unamuno no es un punto de partida teórico, sino vital, es decir, el deseo de permanecer, el hambre de inmortalidad. Sus tesis dominantes son el ser humano de carne y hueso, la inmortalidad, la existencia de Dios. ¿Su objetivo? Filosofar para poder seguir viviendo, mantenerse en la lucha de la vida, vivir en la agonía, pues su cabeza y su corazón van en direcciones opuestas; la ciencia es antirreligiosa, la religión es anticientífica y toda persona no puede excluir ni la una ni la otra, sino que ha de mantenerse firme y en tensión ante tal contradicción.

Unamuno tiende a resaltar las dimensiones afectivas e irracionales, los sentimientos, los deseos, los esfuerzos de la persona. Y en esto consiste la tragedia del ser humano: el ser humano existe, pero en el mismo acto de existir se percata, por un lado, de su fragilidad y de su limitación, de que no es nada, de que puede morir; por otro de su hambre de ser, de su sed de inmortalidad; y de ahí brota su sentimiento trágico de la vida: “no quiero morirme, más mi razón me dice que me muero”; el corazón, los sentimientos, la voluntad me empujan hacia mi realización y despiertan mis esperanzas de inmortalidad; pero mi cabeza, mi razón, mis conocimientos científicos tienden a mostrarme que mi esperanza es absurda y en estas dos dimensiones se encuentra encerrado el misterio de mi ser concreto, de mi vida, y al mismo tiempo, la razón de mi angustia.

Unamuno es un precursor de los temas existencialistas ya que se sintió muy próximo al filósofo danés Kierkegaard.

Unamuno defiende la teoría pragmática del conocimiento: las facultades cognoscitivas de los seres vivos poseen un carácter selectivo de acuerdo con las necesidades que cada especie debe satisfacer y, no existe una realidad única y común, sino que la vaca tiene su realidad como la tiene la rana o como la tienen los seres humanos. Ahora bien, si en el resto de los seres su realidad se constituye a nivel específico, en los seres humanos, tiene lugar a nivel individual. Para Unamuno la razón como cualquier otra facultad humana se encuentra al servicio de la vida, y de esta forma, cada ser humano se esfuerza por conocer aquello que necesita, aquello que le preocupa, y en consecuencia, resulta que los deseos, los sentimientos y la voluntad van por delante del conocimiento.

Unamuno afirma el relativismo de la verdad (cada verdad es propia y personal) y defiende que nada se conoce si antes no se quiere y, en consecuencia, la conciencia cognoscitiva vendrá después de la apetitiva, es decir, la representación cognoscitiva es resultado de una necesidad vital de carácter previo. Su epistemología se fundamenta en el hambre de inmortalidad, en el deseo de sobrevivencia de cada ser humano, y este principio constituye, al mismo tiempo, el punto de arranque y el problema principal de la filosofía. Para Unamuno los caminos propuestos por el positivismo, el mecanicismo, etc, son erróneos e incapaces de dar una sola respuesta a nuestra hambre de inmortalidad, es decir, a las preguntas que de verdad interesan. En este sentido, todas las pruebas para demostrar la existencia de Dios y la inmortalidad del alma son falsas y resultan inútiles.

El sentido de la realidad de la vida, el de la inmortalidad del alma se aprende mejor por medio del simbolismo, la metáfora, la poesía, la intuición sentimental o afectiva. Pero lo malo es que por estas vías caminamos en completa soledad y cada cual ha de revivir sus creencias, cada cual aspira a encontrar y justificar los motivos de su propia verdad. Ahora bien, Unamuno rechaza la “fe del carbonero” una fe que rechazase toda luz, toda ayuda de la razón sería impropia de los seres humanos, porque no justificaría sus exigencias racionales. Entonces, ¿qué salida tenemos? No hay salida. Unamuno predica una fe inquieta y desgarrada, una fe crítica, plenamente agónica y combativa en su lucha con la razón. La esperanza, nos lleva a la fe y la fe se ve obligada a luchar contra la duda que constantemente introduce la razón, sin que sea posible el descanso.

Respecto al problema de Dios, encontramos en Unamuno un agnosticismo científico, y según Unamuno, fue Kant quien zanjó el problema para siempre: la razón nada nos enseña sobre la existencia de Dios. Para Unamuno es el ahogo y la desesperación, lo que despierta el anhelo de Dios, y de acuerdo con todo ello, el hombre no necesita a Dios para que nos explique el mundo, ni como apoyo de nuestras normas morales, sino como garantía de nuestra inmortalidad: necesito a Dios para continuar viviendo. Para Unamuno, Dios viene a ser una proyección del ser humano. Por último, Unamuno considera que la fe es una actitud ciega e irracional que brota de los deseos, de los anhelos, del querer humano. Por eso, creer es crear y esperar. Creemos porque esperamos y esperamos porque creamos. Unamuno distingue entre fe muerta y fe viva: la primera es la “fe del carbonero” de los que se conforman con creer y rechazar toda exigencia de luz; la fe viva, en cambio constituye un esfuerzo constante de creación, un tormento incesante por permanecer en la evidencia.

Escrito por Oscar Cruellas

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