Seguimos en filosofía en tiempos del SARS desde Academia Cruellas. Hoy día quinto del #yomequedoencasa. Ayer vimos la unidad existente entre la Razón y el método. Hoy ya entramos en la duda, y la primera verdad: “Pienso, luego existo”.

Sabemos que para el Racionalismo, el entendimiento ha de encontrar en sí mismo las verdades fundamentales a partir de las cuales es posible deducir el edificio entero de nuestros conocimientos. Este punto de partida ha de ser una verdad absolutamente cierta sobre la cual no es posible dudar en absoluto. Solamente así el conjunto del sistema quedará firmemente fundamentado.

La búsqueda de un punto de partida absolutamente cierto exige una tarea previa consistente en eliminar todos aquellos conocimientos, ideas y creencias que no aparezcan dotados de una certeza absoluta: hay que eliminar todo aquello de que sea posible dudar. De ahí que Descartes comience con la duda. Esta duda es metódica, es una exigencia del método en su momento analítico.

La primera y más obvia razón para dudar de nuestros conocimientos se halla en las falacias de los sentidos. Los sentidos nos inducen a veces a error; ahora bien, ¿qué garantía existe de que no nos inducen siempre a error? Es cierto que la mayoría de las personas considerarán altamente improbable que los sentidos nos induzcan siempre a error, pero la improbabilidad no equivale a certeza y de ahí que la posibilidad de dudar acerca del testimonio de los sentidos no quede totalmente eliminada.

Podemos dudar del testimonio de los sentidos. Esto nos permite dudar de que las cosas sean como las percibimos por medio de los sentidos, pero no permite dudar de que existan las cosas que percibimos. De ahí que Descartes añada una segunda razón -más radical- para dudar: la imposibilidad de distinguir la vigilia del sueño. También los sueños nos muestran a menudo mundos de objetos con extremada viveza, y al despertar descubrimos que dichos mundos de objetos no tienen existencia real. ¿Cómo distinguir el estado de sueño del estado de vigilia y cómo alcanzar certeza absoluta de que el mundo que percibimos es real?

La imposibilidad de distinguir la vigilia del sueño permite dudar de la existencia de las cosas y del mundo, pero no parece afectar a ciertas verdades como las matemáticas: dormidos o despiertos, los tres ángulos de un triángulo suman 180 grados en la geometría de Euclides. De ahí que Descartes añada el tercer y más radical motivo de duda: tal vez exista algún espíritu maligno “de extremado poder e inteligencia que pone todo su empeño en inducirme a error” Esta hipótesis del “genio maligno” equivale a suponer: tal vez mi entendimiento es de tal naturaleza que se equivoca necesariamente y siempre cuando piensa captar la verdad. Una vez más se trata de una hipótesis improbable, pero que nos permite dudar de todos nuestros conocimientos.

La duda llevada hasta este extremo de radicalidad parece abocar irremisiblemente al escepticismo. Esto pensó Descartes durante algún tiempo hasta que, por fin, encontró una verdad absoluta, inmune a toda duda por muy radical que sea ésta: la existencia del propio sujeto que piensa y duda. Si yo pienso que el mundo existe, tal vez me equivoque en cuanto a que el mundo existe, pero no cabe error en cuanto a que yo lo pienso; igualmente, puedo dudar de todo menos de que yo dudo. Mi existencia, pues, como sujeto que piensa está exenta de todo error posible y de toda duda posible. Descartes lo expresa con su célebre “Pienso, luego existo”.

Pero mi existencia como sujeto pensante no es solamente la primer verdad y la primer certeza: es también el prototipo de toda verdad y de toda certeza ¿Por qué mi existencia como sujeto pensante es absolutamente indubitable? porque la percibo con toda claridad y distinción De ahí deduce Descartes su criterio de certeza: todo cuanto perciba con igual claridad y distinción será verdadero y, por tanto, podré afirmarlo con inquebrantable certeza.

Escrito por Oscar Cruellas

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