Un día más en filosofía en tiempos del SARS desde Academia Cruellas. Hoy sexto día del #yomequedoencasa. Continuamos con Descartes. Si ayer nos centramos en la duda metódica, hoy vamos a centrarnos en las ideas.

Tenemos ya una verdad absolutamente cierta: la existencia del yo como sujeto pensante. Esta existencia indubitable del yo no parece implicar, sin embargo, la existencia de ninguna otra realidad. Veámoslo con un ejemplo: “yo pienso que el mundo existe”; tal vez el mundo no exista (podemos, según Descartes, dudar de su existencia): lo único cierto es que yo pienso que el mundo existe. ¿Cómo demostrar la existencia de una realidad extramental, exterior al pensamiento? ¿Cómo conseguir la certeza de que existe algo aparte de mi pensamiento, exterior a él?

El problema es enorme, sin duda, ya que a Descartes no le queda más remedio que deducir la existencia de la realidad a partir de la existencia del pensamiento. Así lo exige el ideal deductivo: puesto que la primera verdad es el “yo pienso”, del “yo pienso” han de extraerse todos nuestros conocimientos, incluido, el conocimiento de que existen realidades extramentales.

Antes de continuaron la deducción es necesario detenernos con Descartes a hacer balance e inventario de los elementos con que contamos para llevarlo a cabo. Este balance nos muestra que contamos con dos elementos: el pensamiento como actividad (yo pienso) y las ideas que piensa el yo. Volvamos al ejemplo:”yo pienso que el mundo existe”. Esta fórmula nos pone de manifiesto la presencia de tres factores: el yo que piensa, cuya existencia es indudable; el mundo como realidad exterior al pensamiento, cuya existencia es dudosa y problemática y las ideas de “mundo” y de “existencia” que indudablemente poseo (tal vez el mundo no exista, pero no puede dudarse de que poseo las ideas de “mundo” y “existencia” ya que si no las poseyera no podría pensar que el mundo existe).

De este análisis concluye Descartes que el pensamiento piensa siempre ideas. Es importante señalar que el concepto de “idea” cambia en Descartes respecto de la filosofía anterior. Para la filosofía anterior, el pensamiento no recae sobre las ideas, sino directamente sobre las cosas: si yo pienso que el mundo existe, estoy pensando que el mundo y no en mi idea de mundo (la idea sería algo así como un medio transparente a través del cual el pensamiento recae sobre las cosas: como una lente a través de la cual se ven las cosas, sin que ella misma sea percibida). Para Descartes, por el contrario, el pensamiento no recae directamente sobre las cosas (cuya existencia no nos consta en principio), sino sobre las ideas: en el ejemplo que utilizamos, yo pienso no en el mundo, sino en la idea de mundo, y ¿cómo garantizar que a la idea de mundo corresponde una realidad: el mundo?

Antes de continuar es necesario detenerse a considerar la naturaleza de las ideas. La afirmación de que el objeto del pensamiento son las ideas, lleva a Descartes a distinguir cuidadosamente dos aspectos en ellas: las ideas en cuanto que son actos mentales (“modos de pensamiento”) y las ideas en cuanto que poseen un contenido objetivo. En cuanto actos mentales, todas las ideas poseen la misma realidad; en cuanto a su contenido, su realidad es diversa: “En cuanto que las ideas son solamente modos del pensamiento, no reconozco desigualdad alguna entre ellas y todas ellas parecen provenir de mi del mismo modo; pero en tanto que la una representa una cosa y la otra, otra, es evidente que son muy distintas entre sí. Sin duda alguna, en efecto, aquellas ideas que me representan sustancias son algo más y poseen en sí, por así decirlo, más realidad objetiva que aquellas que representan solamente modos o accidentes”

Hay, pues, que partir de las ideas. Hay que someterlas a un análisis cuidadoso para tratar de descubrir si alguna de ellas nos sirve para romper el cerco del pensamiento y salir a la realidad extramental. Al realizar este análisis, Descartes distingue tres tipos de ideas:

Ideas adventicias, es decir, aquellas que parecen provenir de nuestra experiencia externa (las ideas de hombre, de árbol, los colores,…). Hemos dicho parecen provenir y no provienen, porque aún no nos consta de la existencia de una realidad exterior.

Ideas ficticias, es decir, aquellas ideas que construye la mente a partir de otras ideas (la idea de un unicornio, …..).

Esta claro que ninguna de estas ideas puede servirnos como punto de partida para la demostración de la existencia de la realidad extramental: las adventicias porque parecen provenir del exterior y, por tanto, su validez depende de la problemática existencia de la realidad extramental; las ficticias, porque al ser construidas por el pensamiento su validez es cuestionable.

Existen, sin embargo, algunas ideas (pocas, pero eso si, las más importantes) que no son adventicias ni ficticias. Ahora bien, si no pueden provenir de la experiencia externa ni tampoco son construidas a partir de otras, ¿cuál es su origen? La única contestación posible es que el pensamiento las posee en si mismo, es decir, son innatas. Ideas innatas son, por ejemplo, las ideas de “pensamiento” y la de “existencia” que ni son construidas por mí ni proceden de experiencia externa alguna, sino que me las encuentro en la percepción misma del “pienso, luego existo”.

Mañana continuaremos y mucho ánimo a todos.

Escrito por Oscar Cruellas

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