“El soberano bien posible en el mundo” es la propuesta de la libertad, como nos indicaba la cuarta fórmula del imperativo categórico. Dicha Idea de soberano bien o de supremo bien es el objeto y fin de la razón pura práctica, ley esencial de toda voluntad libre por sí misma. Pero, ¿de dónde esperar ese supremo bien que la razón moral nos hace propomernos como objeto de nuestro esfuerzo? El darse a sí misma la ley es para una voluntad la esencia de su libertad. Pero eso no explica como supremo el supremo bien que la libertad se propone. La moral no necesita fundamento material para la determinación del libre albedrío. Para esta relación entre libertad y supremo bien, Kant recurre a la Religión, fundamentándola al mismo tiempo. En la explicación de esta relación, Kant fundamente lo que él llama “el paso de la moral a la religión”.

Dos momentos son esenciales en la determinación de la religión. En primer lugar, reconocer el supremo bien como referido a una voluntad moralmente perfecta, santa y todopoderosa. Y, en segundo lugar, considerar los deberes de la voluntad libre como mandatos divinos, aunque no órdenes arbitrarias y contingentes de un poder extraño. Tales mandatos siguen siendo leyes esenciales de toda voluntad libre por si misma, pero son preceptos en cuanto que sólo de una voluntad moralmente perfecta podemos esperar el bien supremo, que nos hace felices. La moral, que en absoluto se sustenta en el recurso a la felicidad, se “enlaza”, por así decir, con la felicidad, pues la felicidad resulta de la realización del bien moral. Por eso -puntualiza Kant-, no es propiamente la moral la doctrina de cómo nos hacemos felices, sino de cómo debemos llegar a ser dignos de la felicidad. Sólo después, cuando la religión sobreviene, se presenta también la esperanza de ser un día partícipes de la felicidad, en la medida en que hemos tratado de no ser indignos de ella.

Fundada de esta manera la religión, dos consecuencias importantes se derivan de esta teoría kantiana, muy conesxionadas entre sí.

En primer lugar, el rechazo de toda religión positiva, por parte de Kant, o más exactamente, dicho con terminología ya hegeliana, el rechazo de toda positividad en la religión.

En segundo lugar, la reducción de la religión a los límites de la mera razón o la racionalización de la religión; lo cual plantea el problema de cómo se relacione el concepto kantiano de religión con el concepto de religión revelada (que no se debe identificar exactamente con el de religión positiva).

Respecto a lo primero, Kant entiende por “religión positiva”, toda religión que se reduce a un conjunto de ritos y dogmas que son aceptados y mantenidos sólo por la autoridad de una tradición, o una iglesia institucionalizada, sin que medie la razón práctica y el reconocimiento de su carácter autónomo.

Respecto a lo segundo, parece claro que Kant, frente a la religión positiva, tal como acabamos de describirla, ha intentado fundar un concepto de religión natural o moral. lo cual es completamente coherente con el proceso de secularización ilustrado, en el que está inserto. Pero, de otra parte, hay que reparar en que la religión moral es la consideración estrictamente filosófica de la religión, según los principios de la razón y los postulados y condiciones de realización de los mismos que la razón exige; esto es se trata de la religión dentro de los límites de la mera razón. Y ello, justamente no significa, en la intención kantiana, la negación de una religión revelada, cuya posibilidad subsiste como algo que rebasa los límites de la razón, límites que por lo demás denotan ya, siquiera sea atemáticamente, lo que está más allá de ellos.

Religión moral y revelada se relacionan en Kant no ya simplemente como dos esferas compatibles, sino aun incluso armónicas.

Con lo cual apaarece claro cómo el sistema crítico de Kant controla -debilitándolo, por así decir-, el simple o simplificado reduccionismo del “factum” religioso a la religión moral, al mismo tiempo que se muestra también cómo Kant, que filosofa desde el corazón de una época ilustrada, la remonta y llega a ser capaz de superarla.

Escrito por Oscar Cruellas

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