Buenos días desde Academia Cruellas. Hoy vamos analizar que es lo que ocurrió en ETA en el ocaso del franquismo. En los últimos quince años finales del franquismo, ETA pasó de ser una manifestación juvenil ante un desencanto por la pasividad del PNV a una formación político-militar con un cierto respaldo social. La estrategia de acción-represión-acción tuvo como consecuencia una sensibilización mayor por parte de la población. Esto ya lo preveían los textos de los independentistas radicales de principios de siglo: de la prisión de la nación vasca sometida a España se pasaría al presidio mayor, y de éste, a los fusilamientos que darían lugar al levantamiento del pueblo por la independencia.

A esta actitud se unió el seguimiento de la recomendación que hizo Federico Krutwig en su libro Vasconia, de 1962,libro reconocido como fundamental para la configuración de la mentalidad de ETA: no cabía esperar nada de las negociaciones del Estado español, lo cual llevaba a considerar como irrelevante que España fuera una dictadura o una democracia. Por lo tanto, se podía pasar de la lucha armada antifranquista a la lucha armada antidemócrata. Lo esencial era mantener el enfrentamiento contra el “Estado opresor”, que en este caso era España. Las ideas ya estaban desde el inicio y no fueron desaprovechadas.

La formación de ETA coincide con un período de prestigio de los movimientos de liberación nacional (años sesenta del siglo XX) de apariencia progresista y de revitalización de un marxismo revolucionario. El objetivo de esta doble liberación, la nacional y la social, ya tuvo lugar en los años treinta, pero ahora, había que distanciarse del carácter burgués del PNV. Los intentos por construir esta doble alma de ETA (lucha por el proletariado y emancipación nacional) concluyeron en escisiones. Primero la ETA de 1966-67, y más tarde las producidas como consecuencia de la VI Asamblea en 1970.

El fin del franquismo abría posibilidades para conectar realmente con la sociedad vasca, a través del levantamiento de las prohibiciones sobre los símbolos nacionales. Frente a este optimismo estaba la ideología ya consolidada de ETA, con su idea central de antiespañolismo. Además, ETA llegaba a la transición escindida con dos ramas practicantes del terrorismo, ETA Político-militar y ETA Militar, pero con la primera más proclive hacia ideas marxistas, y con la idea de forjar desde ETA un partido de los trabajadores vascos. El máximo exponente de esta idea era Pertur, donde en su ponencia Otsagabia, de julio de 1976, reconocía que no era lo mismo luchar contra una dictadura que frente a una democracia burguesa. Fue el inicio de los polismilis hacia EIA, y posteriormente hacia Euskadiko Ezquerra.

La otra deriva, la de los milis, enfrentados con los polísmilis desde 1976, defendían un frente de organizaciones abertzales cerradas al españolismo y proclives a protagonizar acciones terroristas cada vez más espectaculares. Ellos acabarían siendo ETA,

El hecho es que al ponerse en marcha en España el proceso constituyente en 1977-78, ETA no sólo continuaba actuando con gran intensidad, sino que logró constituir una plataforma que le garantizaba una incidencia eficaz sobre los sectores políticos independentistas al aglutinarles en torno a Herri Batasuna, partido coalición que controló estrechamente. Todo ello perfeccionado con el control sobre KAS, la Koordinadora Abertzales Sozialista. Estos cauces hicieron posible un frente eficaz del no a la transición democrática, asentado sociológicamente en la pequeña burguesía y en los asalariados. Esta adscripción de esos sectores no podemos entenderla sin tomar en consideración la fuerte incidencia de la crisis económica de aquellos años. De la misma forma que los conflictos derivados de la primera industrialización dieron vida al nacionalismo de Sabino, el hundimiento del sistema productivo alentó su supervivencia en cuanto ideología del malestar. El vocabulario socialista legitimaba esa implantación, pero el centro ideológico permanecía fiel a sus orígenes sabinianos, con el gran rechazo de España y de su democracia en calidad de factor de legitimación de la “lucha armada” por la independencia.

Escrito por Oscar Cruellas

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