Desde Academia Cruellas vamos a analizar los hechos del asesinato de Cayo Julio César. En el año 45 a.C. existía en Roma el convencimiento de que César iba a proclamarse rey. Hasta aquel momento no se había atrevido a asumir este punto porque podía ofender a cuantos habían permanecido fieles a los ideales republicanos. Y fueron precisamente estos ideales los que determinaron la formación, entre algunos miembros de la nobleza, de una conjura para asesinar al dictador.

Esta conjura tuvo como causa el hecho de que César hiciera concentrar en la península balcánica dieciséis legiones, una enorme fuerza, para una gran expedición contra los partos.

No podemos excluir que César no aspirara a ser rey, aunque sólo fuera de nombre: además de haberse propuesto a Alejandro Magno como ejemplo, toda su acción política de los últimos tiempos parecía encuadrarse en la concepción de un imperio cosmopolita como el que había sido el ideal de Alejandro.

Ahora bien, recientes actos del dictador permitían alimentar fuertes sospechas sobre sus verdaderas intenciones. Ya no se ponía de pie para recibir a los senadores, sino que los acogía como cualquier vendedor a sus clientes. Además, en los juegos, su imagen, tenía que ser llevada en procesión con las estatuas de los dioses. Estas y otras novedades exigían concesiones esenciales al espíritu romano, que rechazaba por completo cualquier forma de culto personal. También hallaban oposición en las familias más tradicionalistas. Incluso aquellos que, como Cicerón, habían admirado en César la generosidad y ecuanimidad hacia sus enemigos vencidos y esperado de él la restauración de los poderes republicanos, empezaban ahora a verle como el tirano que había que suprimir. Y como sabemos, entre los griegos y romanos el tiranicidio no era un acto moralmente reprobable.

Así maduró la conjura. Tomaron parte en ella unos sesenta conspiradores, todos pertenecientes a la nobleza, y se contaban entre ellos tantos amigos como adversarios de César. Promotores y organizadores de la conjura fueron Marco Bruto, su cuñado Casio Longino y Décimo Bruto. Cicerón fue dejado aparte. Pero el cerebro de todo fue Marco Bruto.

El 15 de marzo, el día antes de partir para la guerra contra los partos, César acudió al Senado, a pesar de que se le había advertido del peligro que corría. Mientras le presentaban una súplica, los conjurados se le acercaron como si ellos le rogaran también y le agredieron con los puñales que llevaban ocultos bajo la toga.

Con César desaparecía la personalidad más poderosa del mundo romano, el hombre que había querido identificarse con la grandeza del estado romano.

Escrito por Oscar Cruellas

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