Los orígenes del cine de la revolución de octubre soviética se confunden con la propia revolución soviética. Las cámaras filmaron las manifestaciones, los camiones de la Guardia Roja en las calles de Petrogrado, las enormes pancartas con el eslogan: “Todo el poder para los soviets”.

Para filmar estas imágenes los operadores de cámaras sólo tenían que hacer su trabajo, captar lo más interesante o lo más importante. En la mayoría de los casos, estos operadores eran de la vieja escuela, que aún no se habían contagiado de las ideas revolucionarias y del entusiasmo de los hombres que filmaban. Por lo tanto, es fácil entender que solo filmaran la cara externa de los acontecimientos y de sus participantes. Para reconstruir la imagen poética de la revolución era necesario asimilar plenamente dicha revolución. Además, era necesario descubrir todos los recursos que ofrecía el cine. Los ocho primeros años después de la revolución fueron años de aprendizaje y de maduración: los revolucionarios adquirieron entonces el dominio del arte, y los artistas adquirieron plenamente el espíritu revolucionario.

Los años 1925-29 fueron testigos de la creación de películas como Huelga, El acorazado Potemkin y Octubre de Eisenstein, La Madre, El fin de San Petersburgo y Tempestad sobre Asia de Pudovkin. Su aparición en las pantallas mundiales causó sensación. Un país devastado por las guerras, sin industria, con analfabetismo, era capaz de crear películas como el Acorazado Potemkin. Ahora bien, esto se puede explicar por el hecho de que la revolución influyó decisivamente en el arte. Fue la revolución la que proporcionó al joven cine soviético las imágenes y los temas nuevos. Todos ellos creían en el poder de transformación de la nueva sociedad. Esta pasión puede llegar al extremismo como en el caso de Vertov que contrapone la crónica, el documento filmado y el arte del cine de autor.

Sin embargo esta crónica cinematográfica fue en cierto modo la precursora del cine épico de la revolución, que daba a las transformaciones revolucionarias las dimensiones de generalizaciones poéticas.

Escrito por Oscar Cruellas

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