La Ilustración quiere llevar a cabo una fundamentación filosófica del cristianismo y de la fe, de modo que la revelación esté en consonancia con lo que la mera y sola razón natural pueda establecer y reconocer. La actitud de Locke es clara y modélica. “La razón -escribe en su obra Ensayo sobre el entendimiento humano-, tiene que ser nuestro juez en última instancia y nuestra guía en todo”. Por tanto, también en la religión. Y, sin embargo, “habiendo sido imbuidos los hombres en la opinión de que no deben consultar a la razón en materias religiosas (…) han dado rienda suelta a su fantasía y a sus naturales inclinaciones superticiosas”. La religión, según Locke, pertenece íntimamente al ser del hombre, hasta el punto de llegar a decir que “la religión es lo que más debería distinguirnos de las bestias y lo que más peculiarmente debería elevarnos, como criaturas racionales, sobre los brutos”. Pues bien, si se quiere terminar con la superstición, según exige el proyecto ilustrado, y si además, en particular, se quiere llevar luz sobre la naturalez de la religión, es preciso que la verdadera religión sea racional: mientras no nos guiemos por la razón “disputaremos en vano, y en vano intentaremos convencernos mutuamente en asuntos de religión”.

La religión es racional, pues, en un doble sentido. De una parte, en cuanto su contenido se deja comprender por la razón, viniendo a significar aquí “razón”, dice Locke, “el descubrimiento de la certidumbre o de la probabilidad de las proposiciones o de las verdades que la mente logra alcanzar por medio de la deducción partiendo de aquellas ideas que adquiere por el uso de sus facultades naturales, a saber: la sensación o la reflexión”. La racionalidad de la religión se refiere, pues, en este primer aspecto, al modo de su conocimiento, a la certeza que cabe tener respecto a la religión. Ha de estar sometida así a las condiciones que la razón impone en cualquier otro campo de custiones, a la razón analítica. Pero además, y de otra parte, la religión es racional en cuanto que no sólo pertenece íntimamente al ser natural-racional del hombre, como hemos dicho anteriormente, sino en cuanto que además “la razón es la revelación natural, por donde el eterno Padre de la luz y manantial de todo conocimiento les comunica a los hombres esa porción de verdad que ha puesto al alcance de sus facultades naturales”.

En esa pertenencia, en el preciso sentido señalado, de la religión a la naturaleza racional del hombre lo que mejor prueba su verdad, y lo que hace estar a salvo y por encima de la historicidad de las distintas religiones positivas y sus recíprocas e interminables disputas, tan presentes, en el siglo ilustrado, en las guerras de religión. La invariabilidad de la “naturaleza humana” y su universalidad, el ser la misma en todos los hombres y épocas, muestra y justifica la verdad e importancia de la religión natural o racional. Ciertamente, se puede seguir suponiendo y admitir que la revelación es supra- o extra-racional, pero, sin embargo, y ello es de momento lo importante, no contradice la razón.

Pero se dará un paso más: y es que al haber de estar en concordancia la revelación la razón, la razón natural se constituye en el juez que decide sobre el valor de lo que pretende pasar por revelación. La razón se convierte en el criterio de la revelación. Con lo cual, en verdad, sólo se podrá considerar como religión la religión de la razón natural: la religión natural.

La religión natural estará, pues, en contra de los milagros y de las profecías, en contra de los ritos y los dogmas. Hará una crítica dura e implacable de la religión positiva. Y de otra parte, en cuanto reducida a los principios de la mera razón, a fin de cuentas no habrá diferencia entre la religión y la moral. La religión consiste en el conocimiento de los deberes o mandatos sociales, y su actividad o exteriorización no será otra cosa que la acción meramente ética. Es, pues, el pleno moralismo. Precisa y paradigmáticamente lo dijo Voltaire:”Entiendo por religión natural los principios de la moralidad comunes a la especie humana”.

Escrito por Oscar Cruellas

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